Estuve todo febrero reporteando esta historia. Finalmente nunca se publicó, pero jamás me las saqué de la cabeza. Tengo una colección de fotos íntimas que devolver a sus amigos y familiares y hartas cosas que decir. Por eso, aquí va la historia completa, para el que se anime y también para dejarla ir.
A las tres de la tarde del viernes 23 de enero, Rosa Véjar decidió que ya era hora de que las hermanas Rosana y Rosario Roa, de 44 y 42 años, se levantaran y terminaran de mudarse. Llevaban menos de quince días alojando en un pequeño departamento de dos pisos que estaba al fondo de la casa ubicada en la calle Punta de Lobos y que Rosa les había prestado mientras encontraban algo más definitivo.
La puerta estaba asegurada con un pedazo de nylon, pero Rosa hizo un poco de fuerza y entró. Las llamó un par de veces gritándoles desde el primer piso, pero no hubo respuesta. Entonces subió la pequeña escala de madera.
- Lo primero que veo es a una tirada en el suelo y a la otra durmiendo, acostada. Yo les digo: despierten chiquillas, despierten, despierten, ¿por qué no se levantan? Y me dio una cuestión aquí media rara- dice Rosa tomándose el pecho.
Rosario y Rosana llevaban un mes sin tomarse los medicamentos que les habían prescrito para su depresión en el Hospital Padre Hurtado. Lo único que Rosa vio en esa pequeña pieza fue un vaso plástico lleno hasta casi la mitad con pastillas molidas y otras enteras flotando.
-Era como que hubieran hecho un ulpo- explica Rosa mostrando lo que queda de la construcción que ahora está desmantelando, para ver si logra olvidarse un poco de toda esta historia.
- Quiero salir de esto, porque estoy mal. No quiero más. Esto le pertenecía a la familia, ¿por qué tengo que ser yo la que está cargando con esto? Por hacer un favor pasa esta desgracia en mi casa.
Rosa conoció a las hermanas hace aproximadamente un año y medio. Su casa y la de la familia Roa Vargas están en calles aledañas y su hija Isabel las conocía bastante. Cuando se cruzaban en la calle la saludaban con un “hola mamita”, la abrazaban y siempre eran amables con ella.
-Cuando las personas son así como que uno va tomándoles cariño.
Fue por eso y por verlas abandonadas y sin lugar donde vivir que Rosa aceptó recibirlas en su casa, cuando su hija Isabel Camilo llegó a contarle que Carmen, la mamá de las hermanas Roa, las había echado y les había tirado las cosas por la ventana.
- Ellas me decían que sufrieron mucho desde niñas a adolescentes, porque el papá es evangélico y las reprimía mucho. Cuando venían a la casa de mi mamá miraban a los niños jugar afuera y decían: pensar que nosotras no tuvimos infancia ni adolescencia porque nuestros papás veían con quién nosotras nos juntábamos. No podíamos tener amistades al gusto de nosotros y todos tenían que ser de religión evangélica.
Apenas Rosa Véjar encontró a las hermanas muertas en su casa, Isabel corrió a buscar al hermano de ellas, Moisés.
- Cuando llegó, subió arriba y dijo no, si están muertas. Están muertas, están duras como palo- cuenta Isabel.
Un carrito de feria
En agosto de 2007 las echaron de su casa. En ese momento, Mario Núñez, el pololo de Rosario, les ofreció que vivieran con él. Pero duraron poco ahí porque querían vivir cerca de la casa de sus padres, donde estaba Claudia, la hija de Rosario.
Partieron otra vez al barrio donde vivieron siempre, aunque Mario, que es joyero y tuvo una relación de casi un año y medio con Rosario, asegura que tenían planes de irse a vivir los dos juntos en marzo de este año.
Claudia tiene ocho años y es producto de la relación de Rosario con Roberto Villena, a quien conoció en 1999. Nunca estuvieron casados, pero Roberto le dijo que siempre se haría responsable de la niña.
Hace dos años, José Roa, hermano de Rosario y Rosana, le quitó la tuición de Claudia a su madre, apelando a sus problemas siquiátricos. Desde ese momento en adelante, estar cerca de su hija y sobrina se convirtió en la principal motivación de vida de las hermanas.
Aunque en el Hospital Padre Hurtado se niegan a informar el diagnóstico de Rosario y Rosana, la Policía de Investigaciones declara que padecían de trastornos de personalidad y depresión.
Con este argumento, José “Pepe” Roa ganó la tuición de la pequeña Claudia. Roberto Villena explica que la tuición de Pepe es temporal y que a fines de este año, Claudia se irá a vivir con él.
- El juez determinó que fuera así hasta que la niña estuviera en condiciones de venirse a vivir conmigo- asegura Roberto. Según él, las dos hermanas fueron siempre muy unidas y la depresión que las afectaba la traían desde los catorce años.
- Tanto así que Rosario decidió dejar a su hija de lado por acompañar a su hermana y se involucró a tal punto con la situación de su hermana que también se enfermó. La guerra la tenían contra ellas mismas. Ellas se sentían desplazadas, sentían que no tenían por qué haber vivido donde vivían y para evadirse de esa situación tomaban pastillas. Ellas sintieron que no correspondían al nivel social en que vivían y ahí empezaron a tomar pastillas para evadirse de esa situación.
En cambio, la sobrina de Rosana y Rosario, Macarena García, asegura que la principal motivación de las hermanas siempre fue estar cerca de la pequeña Claudia y que a Rosario le preocupaba la manera en que su hermano Pepe estaba criando a la niña.
-La Claudia era distante, no quería ir a verlas, o miraba en menos donde estaban viviendo. La misma Rosario me decía que a la Claudia la estaban criando no humilde. Igual no la dejan jugar con niños en la casa. La tienen súper reprimida, puede jugar sólo con ciertos niños.- dice, conciente de que en esos momentos Rosario no estaba en condiciones de hacerse cargo de su hija.
-Si tú no tenís nada estable, no podís andar con un niño. Los niños tienen que estar en un lugar bien. Pero lo que yo no apoyaba era que le negaran ver a la Claudia o que le envenenaran la mente, porque sea como sea la mamá, es la mamá. Rosario pedía que al menos la dejaran ver a su hija, pero Pepe no la dejaba.
- Pepe quería quitarle a la hija supuestamente diciendo que ellas eran drogadictas, alcohólicas y miles de cosas. Yo a Rosario la conocí un año y medio y jamás la vi fumando nada ni menos alcohol.- dice Mario Núñez.
Antes de vivir en la casa de Rosa Véjar, Rosana y Rosario pasaron prácticamente todo el último año de sus vidas deambulando por las calles de La Pintana, arrastrando con ellas un carrito de feria donde llevaban sus cosas más importantes. Arrendaban piezas o departamentos en distintas casas, pero con la pensión asistencial de 45 mil pesos que recibía Rosana por sus problemas siquiátricos no les alcanzaba para mucho y siempre las terminaban echando.
Así circulaban, entre unas pocas manzanas y pequeñas cuadras, ante la mirada curiosa de los vecinos que se preguntaban qué había pasado con las hijas del pastor evangélico José Roa y creando historias en torno a ellas. Las llamaron locas y drogadictas, pero muy pocas veces les ofrecieron ayuda.
Luego de abandonar la casa de Mario Núñez, las hermanas volvieron a su barrio de La Pintana, donde las recibió Norma Vera. Llegaron dateadas por una señora de la feria. Norma vive a pocos pasos de la casa de la familia Roa y les arrendó un departamento dentro de su casa por nueve meses.
La primera impresión de Norma fue que andaban siempre curadas o voladas. Pero eso cambió cuando vio que llegaban médicos y furgones del Padre Hurtado a visitarlas. Ahí comprendió que eran los remedios para su depresión los que las tenían así y pronto les empezó a controlar las dosis. “Así ellas andaban totalmente normal, igual que uno”, dice Norma.
Pepe, el maloLa primera vez que Rosario, secretaria bilingüe, fue a un control en el servicio de salud mental del Hospital Padre Hurtado fue en diciembre de 2004. Su hermana lo hizo tres años después. Hace cuatro años había sufrido la pérdida de un embarazo de gemelos a los tres meses de gestación. El padre era Rodrigo, un vecino al que todos llamaban “el musulmán”.
- Era como árabe, judío. Andaba con túnica y turbante, se maquillaba los ojos. El compadre tenía pinta de sicópata, una mirada... a mí no me gustaba. Era raro.- recuerda Macarena García, sobrina de las hermanas Roa.
A quien tampoco le gustaba para nada este romance era a Pepe, hermano de Rosario y Roxana.
- Hasta a mí me dijo, yo le pago a un gallo para que le pegue.- dice Macarena, quien cree que la pérdida del embarazo sí tuvo algo que ver con los maltratos a los que estaban sometidas las hermanas de parte de sus hermanos Pepe y Moisés.- Entonces ahí le vino otra depresión. No comía y si comía vomitaba, le vino bulimia. Dormía todo el día- cuenta Macarena.
La sobrina de las hermanas Roa, hija de Claudio, medio hermano de Pepe, Moisés, Rosana y Rosario, habla de “otra depresión”, porque recuerda que desde que tiene uso de razón que sus tías eran depresivas.
- Igual mis tías sufrieron, si cuando eran chicas mi tata fue súper malo con la abuela. Entonces

igual mis tías vieron caleta de cosas, a mí me contaban su historia. Mi tata se metió en alcohol, era alcohólico. Ahora ya está bien. Fue agresivo con mi abuela. Mis tíos tenían que esconderse debajo de las camas porque mi tata llegaba agresivo, entonces igual fue súper fuerte su vida. Yo creo que ellas empezaron a acumular todas las cosas- dice Macarena. En cierto grado igual a lo mejor se acostumbraron demasiado a las pastillas, porque tomaron toda la vida.
Norma Vera se refiere a José Roa como “Pepe, el malo”, por una serie de historias que recuerda con pena.
- En julio las niñas fueron a saludar al papá, creo que por el cumpleaños. Salieron de aquí bien abrigadas en la noche, como a las 8. Pepe sacó la manguera y las mojó enteras. Yo las tuve dos días aquí enfermas, dándoles paracetamol y manzanilla calentita. Ese hombre fue lo más malo.
Isabel Camilo cuenta que cuando intentaban ver a la niña las correteaban con agua y que para la Navidad fueron a dejarle un regalo, pero Pepe lo tiró a la calle de vuelta.
- Un día el Pepe las salió persiguiendo con un palo. Y no era que ellas lo dijeran, sino que hubo varias personas que lo vieron.
Además, Isabel lo responsabiliza de haber creado la fama de drogadictas que tenían las hermanas en el sector, cuando, sin embargo, Mario Núñez afirma ser testigo de que Moisés consumía pasta base.
- Moisés es drogadicto, a mi me consta. Le hace a la pasta base, cocaína.Mario cuenta que una vez iban juntos a comprar bebidas. “En eso pasó a esos lugares donde venden pasta base y me ofreció, yo jamás he probado esa cuestión”. Además dice que una vez, las hermanas llegaron “todas golpeadas a la casa” por los hermanos.
Macarena recuerda que muchas veces a Rosario y Rosana no les alcanzaba la plata para comer.
- Igual yo a veces les daba algo de plata para que compraran algo. Y muchas veces ellas iban a la casa de la familia y no les abrían. Se hacían los que no estaban. Una vez le dijeron a mi tata: papi, sabe que no tenemos para comer. Y mi tata les entregaba una Biblia. “aliméntense de la palabra de dios”, les decía.
La familia Roa mantiene sus puertas bajo llave y tiene a los vecinos amenazados para que no hablen del tema. Ni siquiera cuando Rosana y Rosario arrendaron piezas en casas de la villa aparecieron a preguntar por ellas. A la hora de organizar el velorio de ambas, se las llevaron hasta una iglesia en El Bosque para que nadie las encontrara.
Norma cuenta que los vecinos buscaron en los alrededores hasta las cuatro de la mañana, iglesia por iglesia, hasta encontrarlas.
A Macarena, la sobrina, nadie le avisó. El mismo viernes que murieron había estado visitando a su abuela y se fue poco antes de que se supiera la noticia. Fue leyendo la prensa del sábado que se enteró y partió a buscar la iglesia donde las estaban velando.
-Esos desgraciados querían tomar a las chiquillas del Instituto Médico Legal y dejarlas al tiro en el cementerio, ni siquiera se querían dar la molestia de velarlas, así son de desgraciados. En el velorio yo quería puro pegarle a ese gallo nomás (Pepe), pero no vale la pena mancharse las manos por una persona así- dice Mario Núñez.
Según cuenta Norma Vera, el día del entierro de las hermanas Roa, “en el mismo cementerio, todavía no salíamos y él se abrazó con el otro hermano, Moisés. Iban muertos de la risa”.
Fue en el velorio donde Norma conoció a enfermeras de la Clínica Dávila que decían ser ex compañeras de trabajo de Rosana, que era tecnóloga médica, además de su ex marido, Ricardo. Según le había contado Moisés Roa a Norma, al momento de separarse, las hermanas lo habrían tajeado.
- Él me mostró los brazos y dijo que no. Me dijo: esa es la mentira más grande, es que esta gente siempre ha odiado a las niñas, las tenían bajo llave. Esto es lo que ellas se llevaron a la sepultura. Ellas querían saber por qué la mamá y los hermanos les tenían tanto odio sin saber el motivo- dice Norma.
Los hijos del pastor José Roa, quien trabaja hace años en un colegio en Las Condes, eran cinco hermanos. Claudio, Moisés, José, Rosario y Rosana. Moisés trabaja en el consultorio San Rafael y José es guardia de la municipalidad de La Pintana.
Años atrás, el hermano mayor de la familia Roa, Claudio, murió calcinado junto a su novia cuando explotó el calefont de su casa. Macarena, su hija, tenía diez años en ese entonces. Fue criada por la familia y hoy tiene 28 años. Pero a los 18 se fue de la casa porque ya no soportaba las estrictas normas que le imponían. Quería dedicarse al servicio social, igual que su padre que era bombero, y no la dejaban.
- Cuando yo me fui de la casa mis tíos me fueron a sacar la mugre a la casa de mi pareja, que era el papá de mi hija. Ellos pensaban que yo estaba embarazada y eso no, porque yo a la Cata la tuve a los 20 años. Me condenaron, como que me pusieron una cruz, porque yo me había ido de la casa. Y yo me fui simplemente porque quería seguir los pasos de mi papá. - dice Macarena.
Por eso, lo que más la atemoriza es que Claudia, la hija de Rosario, corra la misma suerte. “Eso que está viviendo ahora la Claudia yo también lo viví”, dice.
Voladas y borrachas
En agosto, Rosario y Rosana llegaron hasta el departamento de violencia intrafamiliar de la 41º Comisaría de La Pintana pidiendo ayuda. La cabo Méndez las atendió.
-Un día llegaron a la guardia y venían con moretones. Habían sido agredidas por su papá y por su hermano. Estas niñas estaban con depresión a raíz del maltrato que les daban el papá y el hermano desde siempre.
Méndez las describe como niñas de 15 años. “Dependían mucho una de la otra. Como tomaban muchas pastillas para la depresión, andaban así como drogadas. Las dos se cuidaban. Se notaba que tenían buena educación, porque no hablaban como el común de la gente de La Pintana”.
El mismo maltrato las llevó a buscar apoyo en el Centro de la Mujer de la municipalidad. Rosa Ramenzoni explica que como el caso no correspondía a violencia de pareja y presentaban trastornos siquiátricos, las derivaron al Padre Hurtado. Pero que siempre estaban en busca de ayuda.
- Ellas eran muy parecidas, era una relación muy simbiótica. Aunque se hubiera matado una, lueguito se hubiera matado la otra. Todo lo que le pasaba a una pareciese que le pasaba a la otra también. Yo misma las confundía. Eran muy iguales. Lo que da más pena es que nunca nadie les tendió la mano. Acá los servicios de salud están bien sensibilizados y ponen a las hermanas como plano, en el sentido de que no vuelva a pasar que dos pacientes que están mal por la vida y no tienen redes y piden ayuda, se les cierren las puertas y no se les haga un seguimiento como merecen. Porque la verdad es que nadie las ayudó.
Olivia González conoció a las hermanas Roa en la época de la candidatura de Lagos. Trabajaron juntas organizando ferias, puerta a puerta y plazas ciudadanas. Después de eso dejaron de verse durante cinco años, hasta que llegaron a la oficina de violencia intrafamiliar.
- Hace cinco años no eran ni la sombra. Eran mujeres alegres, llenas de vida, con ganas de vivir. En ese tiempo nunca se me habría pasado por la cabeza verlas como las vi después, así de deterioradas.
Cuando las vio, Olivia no podía creer que las mismas mujeres con las que había trabajado en política, ahora vivían rodeadas de rumores que las tildaban de voladas. - Estaban con una depre, andaban como idas, no coordinaban las cosas. Ahí me contaron también que habían tenido problemas. Era como si hubieran tenido anorexia. Estaban muy flacas y no coordinaban bien al hablar, pero de repente sus ideas las tenían claras. Decían que querían trabajar, que querían recuperar a la hija. Yo creo que para las dos la necesidad que tenían de vivir era la hija.
- Decían que eran unas drogadictas, unas borrachas, pero yo nunca las vi en nada. Las veces que las veía no estaban drogadas, excepto por las pastillas que se tomaban por el tratamiento- cuenta Erika Ulloa, una de las pobladoras que organiza el centro de ayuda para mujeres “Girasol”, que funciona en la misma comuna y busca ser un apoyo para aquellas que sufren de maltrato.
Al enterarse de la muerte de Rosario y Rosana, Erika escribió una carta a The Clinic a modo de homenaje.
- (...) caminaban por las calles de mi alrededor siempre unidas, siempre juntas, y así partieron juntas pero muy solas a la vez, nadie supo entenderlas, nadie supo quererlas, al contrario para los vecinos eran drogadictas, alcohólicas, violentas. Qué dolor tendrían dentro de su corazón que decidieron dejar este mundo en donde para algunos es lo mejor de su vida, para ellas era el calvario día a día que las ahogaba y no las dejaban sentirse libres, y prefirieron buscar la libertad de la forma más cruel.- dicen sus dedicadas líneas.
Cuando Erika y otras mujeres del centro conocieron a las hermanas Roa, se dieron a la tarea de encontrarles un lugar donde vivir, pero no encontraban apoyo. Mientras, Rosana y Rosario parecían tener ya todo planeado. Desde el 14 de enero estaban alojando en la casa de Rosa Véjar, que les había advertido que sólo las podía recibir por algunos días. A Rosa le contaron que iban a cambiarse, que ya tenían pagado un lugar nuevo donde vivir.
-Ellas se reían y decían que no querían que la gente supiera dónde se iban, porque querían estar tranquilas-. Rosa nunca supo cuál sería este nuevo alojamiento.
En los días previos a su muerte visitaron dos veces a Lito, el marido de Macarena, su sobrina, en la carnicería donde trabaja. Querían saber de ella. También intentaron ver a Claudia, pero volvieron a corretearlas con la manguera.
- Días antes de suicidarse, Rosario me dijo: dile a la Claudita que hice todo por ella pero que no pude más. Entonces yo me puse mal, porque yo igual he vivido situaciones así, algo parecidas. Les dije, chiquillas no pueden hacer tonteras. Si tú piensas atentar contra tu vida, tu hija nunca te lo va a perdonar- cuenta Isabel Camilo.
La tarde del jueves anterior a su muerte empezaron a trasladar sus cosas de a poco. Lavaron toda su ropa, las sábanas y los cubrecamas. Se llevaron el carrito de feria lleno de cosas. Después trajeron un triciclo para así transportar todo más fácilmente. Supuestamente, a la mañana siguiente abandonarían la casa de Rosa.
-Qué bueno, dije yo, porque decían muchas cosas de ellas. Muchas cosas feas, feas. Yo les dije: mijitas, la gente dice muchas cosas feas de ustedes, pero yo no voy a decirles lo que han dicho. Va a quedar aquí, no quiero divulgar, no quiero repetir. Por eso quiero que mejor se vayan. Y no quiero que se vayan a enojar conmigo tampoco- dice Rosa “Cómo nos vamos a enojar”, contestaron ellas. Y le prometieron que siempre iban a volver a visitarla.