Berlin For Dummies
Tomé un bus desde Paris a Berlin con la moral un poco por el suelo. Andaba –ando- con una maleta enorme y muy pesada. No sé qué diablos hay adentro que pesa tanto, pero la he trasladado de arriba abajo por las escaleras del metro. A veces con la gentil ayuda de algún franchute piadoso. Algunas veces no. El bus salía a eso de las ocho de la noche de Paris y llegaba a las 10 am a Berlin. Largo viaje se venía y yo con la espalda hecha trizas. Y el ánimo también un poco. En fin. Me auto daba ánimos y me azuzaba la moral a mí misma para enfrentar lo que venía. La incertidumbre. El bus de Eurolines que es com
o viajar en Tur Bus clásico. Un africano medio musulmán, hediondo e inquieto que se me sentó al lado todo el viaje. Miento, hasta Bruselas. Porque el maldito bus me juega la mala broma no sólo de hacer escala en Bruselas, sino que atravesarla entera además. Partiendo por el lugar donde me quedé y terminando en el sector norte, donde está la Gare du Nord. Ahí estaba la kermesse que se había instalado los días previos a mi partida de la ciudad, ahí estaba todo lo que estaba dejando sin saber si iba a volver. Y la pena y las ganas de bajarse del bus ahí mismo, tomar la maleta y llamar a alguien. Pensar, quizás no vuelva nunca,
pero quiero volver, tanto.
La calle Anspaach y los recuerdos de mierda, siempre los recuerdos de mierda, ¿cierto?. Luego el viaje continúa. Duermo algo, escribo mucho en mi libreta. El viaje termina sin mayores novedades. Ok, es sólo un via
je en bus. Llegamos a Berlin a eso de las 11 am, luego de pasar por un repaso policial rutero donde un marroquí se quedó en el camino. Los papeles.
Bajo la maleta de mierda del bus y me dirijo al metro. Una
breve mirada al plano del U-bahn (metro de Berlín) y ya estaba en la estación donde se suponía quedaba el hostal. Temía lo peor. No tenía reserva en ningún lado, era sábado y el pesimismo me domina, lo sabemos.
Caminé un par de cuadras hasta encontrar un gran edificio de unos cuatro pisos, con patio interior. El dueño, un enorme tipo de unos 50 años, con pinta de gringo simpático y que hasta me encontró el precio más conveniente. Jamás esperé pagar 26 euros por tres noches. Una pieza para cuatro mujeres, donde estaba sola. Duchas y baños decentes. Milagro, pensé. De dónde sacan plata para mantener esto, pensé también.
Luego de la ducha imperativa parto por un falafel y luego a visitar una casa okupa, donde me habían dateado que me podía alojar gratis en la onda hippie. Está en el barrio de Kreutzberg, el más taquilla y ondero de la ciudad, pero no me atrevo a entrar. Es demasiado punkie como de película. Pienso que mejor pago otros 26 euros y conservo lo que me queda de dignidad y la suerte de no haber sido violada hasta el momento. Río. Visito el barrio, Kreutzberg. Es increíble, lo más
ondero ever. No sé bien cómo describirlo. Imagina mucha gente dando vueltas por el sector, mucho local para tomar cervezas, harta terraza, un poco de olor a hachís en el ambiente, harta cerveza y mucha tienda de ropa de segunda mano y otras de diseño bien choras. Harto tatuaje para mirar. Algunas viejas punkies –de los punkies reales- dando vueltas por el lugar. Todo bien. Tomo el U-bahn otra vez. No sé bien dónde ir, entonces miro el mapa turístico que conseguí en el hostal y veo que algo destaca y es un edificio como grande. Parto.
Aparezco en Postdam Platz, está notoriamente lleno de turistas. Aquí me encuentro con algunos pedazos de lo que fue el Muro de Berlín turísticamente dispuestos. Tomo algunas fotos. En un par de puestos, unos tipos disfrazados de soldado te ofrecen timbrar el pasaporte para simular que estuviste en Berlín oriental u occidental. Dependiendo del lado en que estés, claro, porque ahí es uno de los límites del muro. Un par de pasos y estaba en el Tiergarten, un enorme parque, salvaje y precioso. Sorprende un poco, porque uno piensa que los alemanes son estrictos y rígidos para todo, pero sus parques no tienen nada de lo obsesivo-compulsivo que sí tienen los belgas y los franceses, con sus arbustitos podados y ninguna rama fuera de lugar. Acá no es así. Los árboles y los pastos crecen bien wildmente, y eso es precioso.
Otros pasos más allá y llegué al monumento a los judíos muertos en el Holocausto. Es relati
vamente nuevo –creo que del 2005, pero no estoy segura- , lo hizo un gringo de nombre Peter Eisenman y está bien central. Tuvo harta polémica al momento de ser construido, porque consiste en una serie de bloques de cemento –moles, en realidad- dispuestos en distintas alturas y que forman una especie de laberinto gris y quizás excesivamente abstracto, donde uno puede pasearse durante el día y tomar fotos conceptuales, aunque no le recomendaría a nadie atravesarlo durante la noche. Además, leí por ahí que en 2003 se paralizaron las construcciones cuando se supo que la empresa que proveía el material, hizo lo mismo con cierto gas que usaron los nazis para el exterminio. Así nomás es la cosa. Bueno. Llegué ahí motivada por la curiosidad de esta obra loca y tan central, rodeada de edificios pequeños pero locos también. Está cerca de la puerta de Brandenburgo.
Me topé ahí con un grupo de turistas que seguían a un guía turístico, de estos tures gratuitos que se dan en algunas
ciudades. Yo los seguí en Amsterdam y acá en Berlín y fue excelente. Pertenecen a una empresa que se llama neweurope ( www.neweuropetours.eu) y son altamente recomendables, porque son gratuitos (sólo dejas una propina al final) y te guían jóvenes que estudian allá de intercambio. Lo rico es que combinan la historia de la ciudad con un poco de idiosincrasia y humor. Y lo mejor, claro, es que es gratis. Yo creo que es la mejor forma de conocer –sacarse el cacho de ver los hitos de las ciudades, que puede resultar un poco estresante a veces si no cachas mucho y eres pobre además.
El tipo nos conduce –en inglés- por hartos lugares, entre ellos el Checkpoint Charlie, que es el hito más importante donde se encontraba la frontera gringa y soviética, y concluye en la isla de los museos con el relato de la historia de cómo se decretó la caída del muro. El día va bien hasta ahí. Decido vagar un poco y llego luego a un cibercafé, donde mi mamá me cuenta que me han robado la bicicleta en Santiago. Quiero morir. Justo ese día pensaba que volvía a Chile pobre pero que qué importaba, si tenía bicicleta y con eso ahorraba tanto.
Parto por un falafel a alguna esquina y en vez de eso, me como una pizza que está pésima. Tengo rabia y pena y lo ahogo todo con unas cervezas solitarias que me tomo entre el restaurant, el metro –sí, se puede tomar en el metro- y el hostal.
Al otro día parto resuelta a olvidar la pena de la bici y los malos recuerdos que aparecen fantasmagóricos en esta ciudad que estoy conociendo de una manera en que no esperaba conocer: sola.
Y tomo el metro y ahí estamos otra vez con mi mala suerte: aparecen los inspectores del tren y me pillan sin boleto. Una multa de 40 euros. Ok, soy la vergüenza sudamericana en persona. Salgo del metro en dirección a la Berlinische Galerie. Quiero ver arte, es parte importante del viaje, pero me detengo en una pequeña plaza porque no doy más. Estoy como Lou Reed, pidiéndole a Jesús –a quién sabemos, no otorgo divinidad alguna- que me ayude en mi debilidad y a encontrar mi lugar. Ya podrás buscar la canción que sonaba en mi mp3. Siempre es una tras otra cuando uno se propone mirarlo desde ese prisma, claro. Me siento, rolo un pucho y pienso: hay que ser como Berlín, levantarse una y otra vez cuando a uno lo botan. Reconstruirse.
Luego de esas reflexiones rascas de autoayuda tan características de este viaje solitario, parto a la galería. Una muestra preciosa que trata sobre el tiempo y reúne a variados artistas alemanes –y algunos no- en torno a este tema. Es heavy ver cómo los alemanes toman su historia reciente y la transforman en experiencias, la debaten, la interpretan, la rescatan. Está viva, está latente.
Es imposible no hacer la molesta comparación con lo que sucede en Chile, donde lo que se vivió hace tan poco se tapa con paja y los artistas hacen cualquier mierda menos lo que debieran. En Berlín no se ignora, es así de simple. En Berlín se hacen cargo. Acá reconstruyen. Los nazis quemaron libros, igual como los milicos nos quemaron miles de textos a nosotros, pero los alemanes te hacen un monumento para no olvidarlo. Es una ciudad que no tiene tanto lo que las otras europeas. No hay viejos vestigios de grandes monumentos ni catedrales llenas de oro. Hay, en cambio, arquitectura moderna y un Bauhaus que se respira en cada lugar. Es la raja. Es la raja porque yo amo el Bauhaus.
Berlín es una ciudad que no tiene mucho centro. O sea, el centro- centro es Alexanderplatz, donde está esa torre loca con bola disco incluida que es la torre de la televisión. Se puede subir, yo no subí. El resto, barrios que hay que conocer. Neukolln es un barrio turco. Yo anduve por ahí quedándome en el hostal, hasta que conocí a un chileno con el que nos hicimos amigos en dos horas y claro, era artista, y tenemos miles de amigos en común. Bueno, no miles, pero se entiende. Me ofreció quedarme a dormir el resto del tiempo en su taller, que está en el barrio Prenzlau- Erberg (estoy consultando el mapa porque voh velo que recuerdo algo de ese idioma del horror).
Ese barrio antes era soviético, durante la dominación, y con la caída del muro resultó ser un barrio donde todo era más barato que en el resto de Berlín. Por eso, mucha gente joven – artista se trasladó para allá y se instalaron. Hoy es un barrio más snob, aunque no lo noté tanto. Es como más Lastarria y claro, los artistas te envejecieron algo y ahora ves harta pareja paseando guaguas. Actualmente, el barrio de artistas es Kreutzberg. En las calles aledañas encontré hartas tiendas de cachureo y antigüedades, y eso fue lo máximo, porque en ninguna otra ciudad lo había pillado. Cerca de donde yo estaba queda la plaza Helmholtz Platz, que es bien lindo el sector. En las calles que la rodean hay muchos bares con terraza para pasarlo de pelos y claro, la plaza es de día un antro de tipos yonkie durante el día, aunque inofensivos.
¿Qué más? Ah, el Bauhaus. Bueno, cabe la casualidad de que actualmente hay una exposición sobre la historia del Bauhaus que estará hasta principios de octubre. Ojo con confundir con el museo del Bauhaus, que no es lo mismo. De hecho yo llegué al museo éste, que es un edificio blanco estilo Bauhaus y la expo no era ahí. Es en el Martin-Gropius-Bau, metro Postdammer Platz (ver www.modell-bauhaus.de). La expo está increíble. Recorre toda la historia del movimiento que duró 14 años. No rellenaré con historia y pajas, que para eso está Wikipedia. La cosa es que te lo explica todo y está súper completa. Hay muchas obras de todo lo que hicieron y bueno, te lo explican todo. Es la raja.
¿Qué más? Pasear y tomarse un vino en Teptower Park , frente al río. Comer salchichas –wurst, se llaman, yo no como- en cualquier lado. O dormirse una siesta en el parque Volkspark Friedrichshain. Yo me eché ahí y desperté y estaba lleno de minos tomando sol en pelotas.












